Silvia Mangialardi
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Corresponsal en París del diario español El País, este porteño que emigró a Europa en la década del ’80, se ha especializado en la realización de retratos de escritores. Su muestra “Las tres orillas” fue exhibida en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta. En un diálogo con Fotomundo, habla de su pasión por la literatura y su forma de trabajar.

Miguel Velardez, periodista del diario La Gaceta de Tucumán, en un artículo donde relata las peripecias que debió sortear para poder entrevistar a Mario Vargas Llosa en un encuentro de escritores realizado en 2010, donde se encontró con Mordzinski, relata:

“El ascensor se detuvo en la planta baja del hotel Santa Clara. Se abrió la puerta y apareció Mario Vargas Llosa. De inmediato, dio un paso adelante y al levantar la mirada observó de frente a Daniel Mordzinski, el fotógrafo oficial del Hay Festival 2010 de Cartagena de Indias, que esperaba al autor peruano para la sesión de fotos. “¡Vaya donde vaya está Daniel Mordzinski! –dice Vargas Llosa, sonriente y fingiendo asombro-. Viajo por los cinco continentes y quién está: Daniel Mordzinski –agrega de buen humor-; abro las puertas de los ascensores y quién aparece: Daniel Mordzinski”.

Casavella_8040Francisco Casavella.

La anécdota tal vez sirva para comprender porque lo llaman “el fotógrafo de los escritores”.

Mordzinski nació en Buenos Aires en 1960 y vive en París, donde se desempeña como corresponsal de El País de Madrid, además de colaborar con muchos otros medios. Al margen de su trabajo profesional, se ha especializado en el retrato de poetas, novelistas, ensayistas y dramaturgos “cuyos rostros dibujan un formidable atlas de la literatura latinoamericana contemporánea”, como se ha dicho una vez.

Ha realizado más de 150 exposiciones, entre las que se destacan las presentadas en Casa de América Latina; el Instituto Cervantes de París; Centre Pompidou, la Maison de la Catalogne en París; El Palau Robert, en Barcelona; Festival Étonnants Voyageurs, de Saint Malo y, recientemente, en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta.

Gelman-JuanJuan Gelman.

Te fuiste de Argentina hace más de 30 años, siendo un joven reportero gráfico que tenía un trabajo personal. Hoy volvés a exponer en una de las Salas más importantes de Buenos Aires. ¿Cómo fue ese tránsito?

Creo que somos el resultado de nuestros viajes, nuestros encuentros, nuestras decisiones y, en mi caso, de nuestras lecturas. Hoy que vivo un momento dulce, en que puedo elegir, muchas veces contraponen mi trabajo de fotoperiodista con mi trabajo de autor. Me siento orgulloso de ser un fotógrafo de prensa. Le debo mucho al periodismo: me enseñó a mirar de una manera rápida, lo que me permite proponerles a los escritos viajes rápidos y seguros, porque el periodismo también me enseñó a poner límites. Entro a un lugar y puedo en segundos saber de donde viene la luz y cuál es el lugar más apropiado para la foto.

Otra cosa que me enseñó el periodismo es a no dejarme intimidar por la persona, y eso si que ayuda en el retrato. Después de fotografiar a reyes y a primeros ministros, cuando te encontrás con ese escritor que con su lectura has llorado y has reído y lo amás, podrías paralizarte, pero no me pasa por la experiencia del fotoperiodismo. Cuando te encontrás con un Premio Nobel, o con un escritor novel, te da lo mismo, en ese momento son únicos. No me importan los premios, ni los títulos y eso también se lo debo al periodismo. Y por último, trabajar para un gran medio como el diario El País de España, me ha abierto muchas puertas. No te olvides que hoy le preguntamos a los escritores qué opinan de cualquier hecho que ocurre: la frasecita de Fito Páez o las Torres Gemelas. Y al verse tan solicitados cada vez se cierran y se protegen más. Hoy es mucho más difícil acceder a los escritores, porque tenés filtros como jefes de prensa, editoriales, etc.

¿Seguís trabajando como reportero?

Si, claro, de eso vivo.

¿No de la venta de fotografías?… ¿No está interesado en el mercado del arte?

Si, yo estoy interesado, pero el mercado del arte no está interesado en mí. Pero tengo la suerte de que las editoriales y los lectores se interesan en lo que hago y entonces tengo muchos libros publicados en un montón de países. Pero, por ejemplo, no tengo galerista.

Bioy_Casares_73-26aAdolfo Bioy Casares.

Tampoco le dedicaste mucha energía...

No, me aburre terriblemente y nunca di el paso. Pero no reniego de eso. El día que alguien venga hacia mí, y tal vez esta exposición sirva en ese sentido, voy a escucharlo con mucho placer y respeto.

Te llaman “el fotógrafo de los escritores”. Cuando comenzaste ¿tenías planificado hacer esta suerte de “Atlas humano” o te llevó tu gusto por la literatura?

Sería muy fácil decirte que lo tenía planificado, pero claro que no. Aunque al mismo tiempo cuando tu primer retrato es Jorge Luis Borges y tu segundo retrato es de Julio Cortázar… la realidad puede ser tanto más maravillosa que la ficción. Quiero decir que no puede ser casual. La noción que André Breton desarrolló en el Segundo Manifiesto en 1924 del azar objetivo siempre me interesó mucho. También a veces lo llaman causalidad, podemos pensar que es una casualidad, pero en realidad es el resultado de muchas decisiones que hemos tomado.

En tus retratos se nota una gran familiaridad y hasta diría intimidad con tus retratados. ¿Cómo es tu aproximación a los escritores? En muchos casos parece que fueran amigos.

Tomo lo que me decís como un bellísimo piropo. Mi gran fortuna son lo amigos que tengo y sin ellos no hubiese llegado a hacer esto, ellos me empujan y me alimentan, primero con los que escriben pero también son mis compañeros de viaje y hasta mi familia, porque vivo en Paris y mi familia en Argentina.

Pero no sos amigo de todos.

Obviamente, no se puede tener tantos amigos. Soy un gran lector y desde muy chico mi corazoncito luchaba entre el cine, la fotografia y la literatura. Arranqué en el fotoperiodismo, mi primera formación fotográfica fue en el Fotoclub Buenos Aires y los fotógrafos que más me gustaban en esa época eran los ligados a una escuela documentalista.

Sabato_02-33x50Ernesto Sabato.

Volviendo a tu pregunta, intento olvidarlo lo que leí en el momento de hacer clic, porque no se trata de poner en escena lo que has leído. Haberlo leído te sirve para establecer un dialogo. Sé, como creador, lo difícil que es llenar una página, sé cuantos meses o años hay que transpirar para terminar un libro, entonces leerlos es una señal de respeto. Cuando no lo conozco empiezo hablándole de su obra y si te pensaba dar 10 minutos, te da 20. No hay un método, no hay una receta.

Pero es claro que no hay apuro, te tomas el tiempo que haga falta para que se establezca una conexión.

Claro, es un lujo que me puedo dar porque no vivo de esto. La primera vez que fui a fotografiar a Paul Auster, que tiene un francés perfecto, un don de la elocuencia y además es guapísimo, lo único que quería era que me siguiera contando cosas. Y de repente me dijo “perdone, pero están por pasar sus 20 minutos, ¿no me va a hacer fotos?” Y yo conteste “No, esta vez no, pero la próxima van a ser muy buenas.” Esa libertad es impagable. Claro que la segunda vez que me encontré con él fue maravilloso y le hice fotos.

Es muy claro que tus retratos están posados, en una situación y un lugar muy elegidos. ¿Lo planifican antes?

Cada encuentro es distinto. Cuando no conozco a la persona, prefiero ir a su casa. Nuestras paredes hablan de nosotros. Como fotógrafo lo sentís e inconscientemente lo plasmas en la fotografía. Además, es como una garantía de que la entrevista va a durar más. Voy a compartir con vos un par de cositas que hago porque pueden serle útil a tus lectores.

Trabajo en Francia para un diario español que es muy importante en España, pero que en Francia es uno más. Si voy a fotografiar a alguien muy importante es casi seguro que antes y después de mí habrá otros. Entonces es importante hacerle entender que soy especial, y lo digo con toda la humildad del mundo, quiero decir que el viaje que yo le propongo es distinto, rápido y seguro, pero también personal y divertido. Sería muy desagradable ponerme a hablar de mis libros y de mis exposiciones, porque es un mundo de vanidades y están acostumbrados a estar con gente importante y que venga alguien a hablar de sí mismo cae fatal. Entonces ¿cómo hago para transmitirle que no soy igual al de antes ni al de después?

Primero: nunca entro a una casa con una cámara colgando. No tengo pinta de fotógrafo, no uso ni estuches, ni chaleco. Y desde siempre me visto de negro o de gris. Cuando entro al salón, me inviten o no a sentarme, me siento y le empiezo a hablar de su último libro. Entonces se sorprenden, tienen ganas de contarme cosas y se olvidan del reloj. Pero en algún momento empiezan a ponerse nerviosos porque no les he hecho ninguna foto. En ese momento les digo ¿no me haría un café? Aunque sea impensable en Argentina, es muy común que en Paris no te inviten ni con un vaso de agua, pero nadie te lo va a negar si se lo pedís. Y como no tienen servicio doméstico, se van a la cocina a poner el agua… y yo los sigo y me meto en la cocina. Y en la cocina ya me metí en su intimidad y me gané 20 minutos más. Cuando volvemos al living ya somos un poco “amigos”, y eso es lo que vos sentís, no hay hostilidad. Yo no podría retratarlos si en el fondo no los amase a todos.

Cuando me refería a la elección del lugar, estaba pensando en imágenes como la del mingitorio, o la del cementerio...

Es muy raro que el escritor elija. Es más bien la realidad.

Hoy Claudia Piñeiro cuenta en Clarín que llegó a Palermo con sus tacos altos y su tapado más bonito y que de repente le pedí que se subiera al bote y remara. Cuando se alejaba pensó “pero que grande este Daniel, porque leyó mi primer novela” que comenzaba con una mujer remando con tapado y tacos alejándose en un bote. ¿Te das cuenta? Hay mucha intuición. Estoy constantemente observando y escuchando al otro para sacar lo mejor de ellos mismo pero muchas veces depende del lugar donde me dan la cita.

Pero Ricardo Piglia no te dio la cita en el baño.

No. Yo lo había fotografiado muchas veces, en una estación de tren, frente mar… y ese día estábamos tomando un café en Madrid en la marco de un encuentro que se llama Viva América. Me preguntó “¿conoces esa foto de Borges meando?”, le dije “No Ricardo es una foto de Borges a través de un espejo, lavándose las manos”, “No”, me contestó, “meando”. Y me empieza a contar que se siente a gusto en mi fotografía y que ve que muchos escritores me eligen para guardar ciertos momentos, se refiere a algunos desnudos, que lo hacen porque saben que conmigo hay respeto. Y de repente le digo “Ricardo, ¿vos querés que te haga una foto meando?” Me dijo que si y fuimos.

¿Existe esa foto de Borges?

Si, la busqué por Internet en cuanto llegué a mi casa. Parece ser que se la robaron cuando ya estaba ciego. Eso es horrible.

O sea, siempre hay una historia detrás, ¿y el escritor acostado que parece muerto?

Es Tato Pavlovsky, la gran pluma del teatro argentino ¿Cómo no iba a hace algo teatral?

Y luego hay algo muy importante para mí, que lo aprendí de mis abuelos, y es el humor. El humor respetuoso como bálsamo, como remedio, la ironía: Marcos Aguinis haciendo gimnasia, Gonzalo Garcés dentro de una ambulancia, uno saltando, otro con una carretilla. Esto es lo que los escritores llaman fotinskis, que es una mezcla de foto y Mordzinski.

En esta foto son tres escritores mexicanos que pertenecen al género de la narco-literatura, al lado de una estatua de Pancho Villa. Evidentemente los disfracé de Pancho Villa, pero tiene que ver con ellos mismos

Respecto a las imágenes donde no se ve la cara, las que están de espalda, movidos, sombras, manos ¿No querían mostrar su rostro?

No. Soy yo el que decido. Hay muchísimas maneras de mostrar un rostro, lo más conocido es de frente, lo que menos conocemos de nosotros mismos es el perfil, pero yo cuento historias, no quiero hacer un retrato de ellos vistos por ellos, quiero hace un retrato de ellos vistos por mí. Te contaba que de chico no sabía si quería se fotógrafo, escritor… bueno, lo logré. Cuento mis historias con imágenes.

¿Y las fotos que requieren una producción previa, como la que tiene varias fotos en su sobretodo, o las de la chica embarazada con fotos de la familia colgando de las cuerdas?

Guadalupe Netel es una gran amiga casada con un gran periodista cultural argentino, Gastón García, con quien tuve la suerte de hacer un libro para la editorial Gallimard. La fotografié muchas veces. Viven en México y ese día fui a tomar un café y ella, embarazada de 9 meses, estaba con una cajita de habanos llena de fotos de familia. De repente le dije “Pero Guadalupe, ésta es la foto”. Eso es lo maravilloso de este espacio de libertad que sostengo y defiendo, ni siquiera había ido a hacer la foto.

Hay una sección de la muestra dedicada exclusivamente a Ernesto Sábato.

Hay tantas razones. Es una persona que ha contado mucho para mí, como escritor y como persona, y en el marco de su centenario necesitaba hacerle un homenaje particular.

Eligieron poner la foto de Borges sola en una sala. ¿Es por la importancia de la foto, por la importancia del autor o por qué?

Son esas cosas y más.

Y quiero destacar lo importante que es la edición en una exposición y que es la primera vez en la vida que gozo tanto un montaje. Cuando me va bien, tengo un montón de personas que me ayudan a colgar. Cuando me va mal, tengo que ponerme con el martillito a clavarme los dedos porque soy incapaz de poner dos fotos derechas. Pero fue muy bello conocer a dos grandes personas como son Elio Kapszuk, Director Operativo de Programación y Curaduría, y Renato Rita, Curador y Asesor de Artes Visuales. Desde que empezamos a trabajar la pasamos discutiendo, compartiendo, peleándonos, riéndonos, para que ese libro, con tantas páginas en blanco que es una muestra, tuviera en definitiva la forma que yo sentía. Pero a veces uno tiene dificultad para traducir sentimientos. De ese diálogo tan fértil entre nosotros tres nació poner a Borges solo en una sala oscura, con una única foto iluminada puntualmente. Además Borges fue mi primer retrato

Como fotógrafo de escritores, ¿qué te aporta tu participación en los festivales literarios?

Son fundamentales, los Festivales me dieron mucho: en primer lugar la posibilidad de fotografiar y conocer nuevos escritores que necesito para comprender la dimensión real de ese gran atlas de la vida que es la literatura. Después, la alegría de encontrarme con amigos que quiero y admiro. Y por fin la oportunidad de preguntarme, lejos de mi epicentro de trabajo y de vida que es París, qué rumbo llevan mi proyecto creativo y mi vida. Como un buen concierto o una buena lectura, un festival es una isla de sosiego (aparte de las comidas y las charlas en las cafeterías) para reflexionar y aunque yo no puedo compararme con los escritores que retrato creo que también me comprendo mejor y puedo seguir trabajando con más lucidez.

Para mí es un orgullo ser fotógrafo oficial de Festivales de la importancia de los Hay Festival (Gales, Segovia, Cartagena de Indias, Xalapa, etc.) o Vivamérica de Madrid. Me gustaría subrayar un nuevo Festival en Buenos Aires: FILBA que en tan solo dos ediciones ha conseguido un lugar importante en el mapa de las carreteras literarias del mundo.

¿Querés agregar algo?

Toda selección es parcial, incompleta, arbitraria. El problema es que si no tomás una decisión no hacés nada. A veces te fustigan porque falta uno o falta otro. Pero hay que entender que no pretendo hacer una guía telefónica, no pretendo que estén todos. Nunca conté cuantos escritores he retratado y si lo hiciese, hablaría fatal de mí, porque no son figuritas. Quiero decir que retrato uno, pero hay cientos o miles que dejo de retratar y también eso le da la particularidad a mi mirada y a mi trabajo. He llegado tarde a tantos y tantos escritores.

¿Algún mensaje para los lectores?

Esta nota tiene una emoción suplementaria porque Fotomundo fue la primera revista que creyó en mí, que apostó por mi mirada, que pensó que era la mirada de una nueva generación. Yo era muy jovencito. Y uno no puede olvidar de donde viene para saber hacia donde va. Nunca olvidé que Fotomundo apoyó mi trabajo, que lo compartió con sus lectores y 27 años después me llena de orgullo y de emoción compartir con los hijos de aquellos lectores o tal vez con ellos mismos esta colección de mariposas.

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