Fotomundo
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Borges decía que el periodismo es un género menor, porque debe rehacerse siempre. Conserva apenas el estilo y las formas, para darle identidad a los contenidos que van cambiando. Fotomundo, en ese sentido, ha sido hecho 500 veces a lo largo de 44 años. Es hoy la revista decana de fotografía no sólo en Argentina sino en Latinoamérica, y una de las más antiguas en castellano.

 

Sobre finales del año 1966, un reducido grupo de pequeños empresarios y de fotógrafos aficionados y profesionales, le fueron dando forma a una nueva revista que saldría a la calle el primero de diciembre de 1966. Hubo que calcular de la nada costos de imprenta, el papel, establecer una política comercial para obtener la publicidad y trazar el perfil editorial de su contenido, en una ciudad y en un país donde, como resultado del llamado “boom de la fotografía” de la década del 60 había, por un lado, la necesidad de aprender y de compartir, pero también un elevado nivel en los profesionales y los aficionados.

500 ediciones


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Para la foto de tapa, la modelo Arianne Alf fue fotografiada por Norberto Barabino Devoto (recientemente fallecido) y Adrián Fullone con una Hasselblad 500 en película Ferrania Color Dia 28 y, en cuanto a los contenidos, se recurrió a un equipo que hoy podríamos decir que era realmente de lujo, muchos de ellos provenientes del Foto Club Buenos Aires y del Argentino, los dos más importantes en esa época, y también de profesionales independientes.

Autores de la talla de Sara Facio, Alicia D’Amico, Pedro Otero, y Anatole Saderman, que marcaron como pocos la fotografía contemporánea argentina, junto a Kerope Avedisian, Norberto Barabino Devoto, Norberto Brachetti, Feliciano Jeanmart, Antonio Legarreta, Juan Motto, Jorge Bendomir, Ernesto M. Carranza, Hugo Villanueva y quien sería una célebre escritora, Mary Ablin, entre otros, integraron el equipo de colaboradores de Fotomundo.


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Era evidente que los editores de aquel entonces pensaron por sobre todo en una revista de calidad, donde pudieran transmitir sus conocimientos quienes eran los protagonistas más importantes de la fotografía contemporánea argentina. Los lectores de entonces, como los de hoy, eran muy exigentes y la revista trataba de satisfacer sus necesidades informativas y de conocimientos con idoneidad.

Avisadores como Canon, Polaroid, Casa del Fotógrafo, Emporio Argentino Fotográfico, R. Jablonka, Romek, Lanza, Sanifa, Focar, Olympus, Ferrania e, inclusive, Chrysler Argentina con su Valiant IV, estuvieron entre los primeros anunciantes.

Saderman, desde el primer número, desarrolló una serie de artículos que hicieron escuela, sobre el uso de la luz ambiente y el 35 mm en retratos. También celebramos los 30 años del Foto Club Argentino, analizamos la Photokina del 66 y abordamos temas como el desnudo en el arte. Esa fue la carta de presentación de Fotomundo que habría de irse profundizando en las siguientes ediciones.


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¿A que se debía por un lado, ese llamado “boom de la fotografía” que se traduce en el surgimiento de decenas de fotoclubes como hongos después de la lluvia, y en la necesidad de una revista como Fotomundo? Ese “boom de la fotografía” obedecía al ascenso de una clase media con mayor poder adquisitivo en un país que daba fuertes señales de industrialización y de un comercio exterior sostenido y en crecimiento. Era la época en que un trabajador accedía a bienes de consumo y sus hijos tenían la posibilidad de educarse y de trabajar.

Pero publicaciones como Fotocámara, de Héctor Y. Faita, fundada en 1938, ya no expresaban a la fotografía argentina puesto que su contenido estaba basado exclusivamente en notas técnicas y la mayoría de ellas traducidas de Popular Photography. Fotomundo, en cambio, desde sus comienzos puso el énfasis en el carácter nacional de la fotografía.


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Pero, ¿cómo era el país en esos años? En la literatura es cuando se produce una fuerte renovación de autores a través de su narrativa y en el campo de las artes visuales el Instituto Di Tella le abre las puertas a las corrientes de vanguardia, esencialmente experimentales. Rayuela de Cortázar fue publicada en 1963, precedida por Historia de cronopios y de famas.

En la música, los jóvenes quiebran los esquemas y se lanzan a cantar el rock en castellano: Los Gatos Salvajes, desde Rosario, inician esa movida y se cruzan en La Cueva, de Pueyrredón al 1700 con Los Shakers del Uruguay. Después vendrían Lito Nebbia con La Balsa, Manal, Almendra, Vox Dei, Pedro y Pablo, Pappo’s Blues, Sui generis con Charly García y Nito Mestre, pero ya en los setenta.


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En el cine, Leonardo Favio realiza “Romance del Aniceto y la Francisca”, que para muchos críticos es la película más trascendente de toda la historia de la cinematografía nacional (que intentó reciclar con escaso éxito hace poco).

Todo ese verdadero renacimiento en las música, el cine, la fotografía, se ve coartado cuando el 28 de junio de 1966 los jefes militares derrocan al presidente Arturo Illia y el teniente general Juan Carlos Onganía asume la presidencia, gobierno definido como una “autocracia modernizadora” en la cual no había lugar para los partidos políticos, el sindicalismo y las expresiones de libertad. Se establece el Estatuto de la Revolución Argentina en un país que venía de vivir una auténtica Primavera. Un mes después de asumir Onganía, la Universidad es avasallada en lo que se conoce como “la Noche de los Bastones Largos” cuando la policía ocupa los claustros.



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Buenos Aires, para entonces, ya no tenía más troleybuses (los omnibus eléctricos que hoy son reivindicados como ecológicos), Avellaneda comenzaba a ser unida con la Capital a través del Puente Pueyrredón y las piquetas daban cuenta de manzanas enteras para terminar hacia el bajo con la Av. 9 de Julio.

Como no era una revista de actualidad, muchas de esas cosas no se vieron reflejadas en las páginas de Fotomundo, pero sí un espíritu contenido de libertad que participaba del crecimiento de la fotografía argentina como un medio autónomo de expresión y con las características que le da su pertenencia cultural.



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Fotomundo fue testigo y participó de los profundos cambios tecnológicos que comenzaron a vislumbrarse a principios de los años 80 con la fotografía electrónica, predecesora de la imagen digital que, en sus comienzos, no era otra cosa que un juego: aquella cámara capaz de realizar registros de imagen fija de una señal de video llamada Mavica.

Pero fue en los ’90 que la fotografía electrónica se convirtió en digital, al constituirse en archivos basados en píxeles y, con ello, padeció la segunda gran transformación de toda su historia (la primera fue el paso de la imagen única del daguerrotipo a la imagen reproducible infinitamente por el sistema negativo positivo).



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El cambio fue traumático para muchos y una bendición para otros. Hubo que ponerse a estudiar de nuevo, tratar de comprender cómo era posible que dentro de un CD, que hasta entonces lo asociábamos a la música, pudieran almacenarse imágenes, las cuales a su vez adquirían diversas formas de existencia, desde la tradicional impresión en papel hasta sus modos de transmisión por Internet y de publicación en páginas Web.

Esa verdadera explosión de imágenes, desde una revista especializada justamente en fotografía, significó para los editores y sus colaboradores intentar ponerse un paso adelante o, por lo menos, no quedar ni un centímetro por detrás, porque la información debía ser elaborada en base a nuevos conocimientos, y eso no tiene otro nombre que actualización.



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Estar actualizado, al menos en el terreno del periodismo, no se logra con la lectura de folletos de los fabricantes o de visitar páginas Web –herramienta por cierto de un valor indiscutible-, sino que es por sobre todo el resultado de un diálogo directo con los protagonistas de esos cambios. Fotomundo, que en sus primeras ediciones había sido invitado al Japón, junto a un grupo de empresarios argentinos, para conocer el potencial de su industria fotográfica allá a fines de los sesenta, y comenzó a participar en eventos internacionales. Asistimos al Show y Convención de la PMA en los Estados Unidos, donde en varias oportunidades hemos tenido un stand, siendo por ello la única publicación latinoamericana con semejante presencia. También asistimos a la Photokina y hemos colaborado y participado junto a la industria y a las empresas argentinas que desde 1988 viene realizando sus ferias. En este punto, es bueno recordar que la primera exposición de la industria se había realizado en 1967 en Capilla del Monte, Córdoba, en la cual estuvimos presentes.

Estuvimos en los Reencontres de Arles, el evento más importante de la fotografía francesa y europea, en el FotoFest de Houston, Texas, en los Festivales de Brasil (Rio de Janeiro, San Pablo, Curitiba), en España, Dinamarca, Puerto Rico. Participamos directamente en la creación de los Encuentros Abiertos de Fotografía en 1989, habiéndose realizado las primeras reuniones en nuestra redacción, para después seguir auspiciando todas sus ediciones hasta el presente, y colaborado en infinidad de otros encuentros que se llevaron a cabo en Bariloche, Mendoza, Salta, La Plata, Tucumán y Santa Fe.


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La fotografía se ha hecho cada vez más accesible, y también más personas se han interesado en sus posibilidades creativas. Hoy la cantidad de espacios que existen para exponer fotografía, tanto en salas oficiales como en galerías privadas, habría sido algo inimaginable en los sesenta y los setenta, cuando eran contados con los dedos de una mano los lugares disponibles al margen de los fotoclubes que, bueno es recordarlo, tuvieron un rol fundamental en la difusión de la fotografía y en la formación de varias generaciones de autores. Muy pocas galerías de arte mostraban fotos.

Algo similar sucedió con la enseñanza, que se realizaba casi exclusivamente en los fotoclubes y, muy eventualmente, en seminarios organizados por empresas como Agfa, que tenía a Pedro Otero y a Feliciano Jeanmart –ambos colaboradores de Fotomundo- como sus profesores. Un solitario Teófilo Dabbah inició en 1968 la primera escuela privada que aún existe. Hoy, en cambio, el mayor volumen de estudiantes de fotografía pasa por las instituciones privadas que ofrecen una notable variedad de cursos, seminarios e, incluso, carreras con reconocimiento oficial.

Pero todos esos cambios en la fotografía, muchos de ellos como parte del desarrollo de la sociedad y que estuvieron siempre acompañados por Fotomundo, han significado desafíos muy fuertes y la necesidad de superar períodos críticos en el terreno de la economía, que no han sido fáciles. Sin embargo, Fotomundo jamás abandonó la brecha ni bajó los brazos, logrando sus objetivos gracias al apoyo de los empresarios de la fotografía y de los lectores, quienes han padecido las mismas vicisitudes.


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A los problemas económicos, comunes a toda la sociedad, el mundo editorial se ha visto sometido a cambios que parecían dirigidos a su propia esencia, que es la imagen y la palabra impresas en papel. No es una cuestión local sino que desde la irrupción de Internet, esa notable biblioteca universal que sirve para consolidar la democratización del conocimiento y de la información –y por ello no casualmente bloqueada en los regímenes totalitarios-, el universo de Gutenberg parecía estar amenazado.

No han sido pocos los tarotistas científicos que hacen futurología augurando la desaparición del libro, los diarios y de las revistas. En 1990 se anunciaba que en dos o tres años desaparecerían las cámaras de película y que todo sería digital. Para la misma fecha, uno de los editores del diario Clarín decía que en pocos años solo existiría el diario y los libros on-line, que la gente iba a leer desde su laptop en la playa. Un respetado jefe de fotografía del mismo diario anunciaba poco tiempo después que el reportero gráfico llevaría una cámara de videofoto y que a la distancia, por medio de radiofrecuencias, iba a ser dirigido por un editor –como si se tratara de un cameraman de estudio en un canal de Tv- quien seleccionaría las imágenes que le interesaban... Un importante empresario, con tono severo, poco después del ataque del 11 de septiembre de 2001 anunció: “La fotografía se ha caído detrás de las Torres Gemelas”, queriendo señalar que la fotografía junto a muchas otras cosas de la sociedad irían a desaparecer por aquel acto criminal.


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Han pasado una, o dos décadas, y en la reciente Feria del Libro se batió el record de ventas de libros, es cierto que algunas editoriales han cerrado y que las revistas de interés general y de actualidades han mermado sus ventas, pero no ha sido por causa de Internet sino de la Televisión. Una escritora como Isabel Allende ha llegado a los 51 millones de ejemplares vendidos de todas sus obras que son, naturalmente, en papel. Se venden más cámaras, hay más fotógrafos, la gente mira, lee, escucha, se informa.

Por eso, aun tiene vigencia aquella frase “los muertos que vos matais gozan de buena salud”, atribuida a “Don Juan Tenorio” de Zorrilla, porque a veces la realidad se empeña a ser muy distinta a como la piensan los futurólogos, cuyas profecías no tienen más asidero que el deseo de algunos de creer en ellas.

Hoy, el alcanzar las 500 ediciones y 44 años de existencia, no podemos dejar de ver aquellos inicios como el esfuerzo de un grupo de personas que, en sus diferencias, creían en el futuro haciendo del presente un acto creativo y de trabajo. De la misma manera, hoy Fotomundo sigue a través de sus columnas, creyendo en el presente como la puerta hacia el futuro.


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Fotomundo 500 (Agosto 2010)

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