Francisco Tastás Moreno
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El testimonio del pionero de la fotografía en color en el Río de la Plata y formador de varias generaciones de laboratoristas, constituye un aporte a la historia de la fotografía. A los 96 años, conserva el humor de sus años de juventud que se expresan en este artículo escrito para Fotomundo.

 

La fotografía, impresión por intermedio de la luz, tuvo su puntapié inicial en 1727, cuando el naturalista alemán Johann Schulze experimentó con compuestos de plata y su ennegrecimiento por acción de la luz. Aplicados esos descubrimientos en la cámara oscura, descrita por Da Vinci en el siglo XV, se obtuvo la primer fotografía en blanco y negro en 1827.

En 1861 se logró la primera foto en color. Desde entonces hubo muchos procedimientos de fácil ejecución pero imperfectos aunque uno perfecto, el Kodachrome (1935). Sin embargo, necesitaba laboratorios de altísima tecnología. Por lo tanto, no estaba al alcance de expertos en química ni de laboratorios fotográficos estándar. Más tarde, el fotocolor actual, de fácil proceso, fue inventado por Agfa en 1936. Al principio tuvo poca difusión porque Alemania se estaba preparando para la guerra y la foto en color no era su prioridad.

En el Río de la Plata

En 1937 llegaron algunas muestras de Agfa Color a Montevideo. Eran diapositivos, tipo de rollos color que dominaron en los primeros años. Empecé a experimentar con ellos, tarea difícil porque era casi imposible conseguir los productos químicos apropiados. Recuerdo que yo venía a Buenos Aires tratando de conseguirlos, a veces sin éxito. En Buenos Aires, había un peluquero, Barbagallo, experto en teñido de cabellos, que deseaba también experimentar en fotocolor. Iba a Montevideo para conseguir los productos necesarios. El caso era similar al de El Alquimista: cada uno buscaba en otro sitio lo que tenía en casa. Actualmente, los descendientes de Barbagallo tienen un laboratorio en Buenos Aires.

Montevideo

Durante la Segunda Guerra Mundial, en Estados Unidos, Ansco comenzó a fabricar películas en color bajo la licencia de su antigua asociada Agfa. Yo fui nombrado representante en Uruguay y comencé a procesar las películas Ansco.

Terminada la guerra, Agfa Argentina importó películas color. Pero como no había laboratorios en Argentina, su gerente Schmidt viajaba todas las semanas a Montevideo para llevar películas a revelar y retirar las de la semana anterior. No era mucha cantidad porque los aficionados preferían el Kodachrome, que se revelaba en los Estados Unidos. La gente de mediados del siglo pasado era más paciente.

Buenos Aires

Un día, en las oficinas de Ferrania Argentina, estaba el Dr. Omar Bey conversando con un empleado. Al local llegó una pareja de integrantes de la opereta Porgy & Bess trayendo un rollo Ferrania Color a revelar. El empleado les dijo que tenía que enviarlo a Italia y que volvieran dentro de un mes. Como ellos debían partir antes, no podían esperar. Entonces, el empleado se dirige a Bey y le pregunta: ¿Doctor, no se anima? Y Bey se animó. Un rollito fue el principio de su laboratorio, pequeño al principio. Sus empleadas Chelo y Manuela discutían para decidir quien revelaba las pocas películas Agfa, Ferrania o Ansco que entraban, dado que la gente seguía prefiriendo el Kodachrome.

Años más tarde sería el principal laboratorio de la Argentina, primero con el CT18 de Agfa y luego con el actual proceso negativo-papel. Volviendo años atrás, Ferrando Argentina quería anexar el proceso color a su línea de servicios. Envió a su empleado, Giavino, a Alemania a estudiar el proceso. Cuando Giavino volvió, al ver que la empresa Ferrando no se decidía, puso un laboratorio por su cuenta que coexistió con el del Dr. Bey y varios más, incluido el de Barbagallo y Kinefot, que presidí en sus comienzos.

El fotocolor en los primeros años

Durante varios años, las películas en color eran diapositivas que se copiaban también en material diapositivo. Printon de Ansco era uno de ellos. Competían con el Kodachrome que nunca se reveló en el país. Las marcas más usadas fueron el Afga CT18, el Fujichrome y el Ektachrome. Como no había laboratorios en el interior del país, en marzo de cada años los rollos abarrotaban los laboratorios porteños que, al no dar abasto, demoraban semanas en procesarlos.

Hay una anécdota graciosa que sucedió en el laboratorio de Portieri. Para individualizar los rollos usaban tiritas de autoadhesivos, como es corriente. Pero eran de mala calidad y se despegaron todas. Los clientes debían buscar su rollo entre miles.

Años más tarde aparecieron los rollos negativos que se copian en papel y desplazaron completamente a los reversibles.

Kodak instaló su gran laboratorio en Buenos Aires. Pero no contó con la idiosincrasia argentina. En Estados Unidos, cada cliente ponía su rollo en un buzón con el importe de revelado y de las copias. Al día siguiente iba a retirarlo y encontraba, además de sus fotos, unos cupones por las que no habían sido impresas. Le servían para la próxima vez. En la Argentina implantaron el sistema pero un empleado, cuyo apellido no mencionaremos, se quedaba con los cupones y los vendía. La gracia porteña los denominó “galatones”. Kodak varíó la estrategia. El cliente ponía el sobre sin el dinero y se quedaba con el comprobante y pagaba cuando se le entregaban las copias. Pero no contaban con algunos que retiraban el comprobante sin haber puesto el rollo. Al día siguiente reclamaban porque Kodak le había perdido su rollo, pidiendo, como es costumbre, el importe del mismo.

Los tiempos actuales

El advenimiento del fotocolor digital, que cambia totalmente el procedimiento, está desplazando al químico tradicional. Empecé con este último cuando nació y ahora con mis 96 años, al dejar la parte administrativa y en el rol de director técnico de Suiji Química, sigo aprendiendo más química color. Hasta que ella y yo, terminemos al mismo tiempo.

El autor falleció recientemente, a la edad de 97 años.

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