Vicente Viola
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Conocía alguna de sus fotos por enciclopedias y de verlo en revistas fotográficas. Desde hace unos 5 años comencé a visitar gran parte de sus trabajos por Internet y en 2006, cuando expuso en Buenos Aires, fuí a ver sus obras. Sorprendido por el manejo de los colores, de la composición, la calidad de las fotos, sobre todo descubrí a un maestro con una mirada fotográfica que me identificaba, que veía la vida con los mismos colores y formas que yo trato de reflejar en las mías. A partir de ese día me dije “lo quiero conocer”.

Sabía que vivía en Modena, Italia y como tenía previsto viajar a Roma a pasar la Navidad con mi hermano, busqué a Franco Fontana en la Guía Telefónica de Italia. Primero le mandé una carta por correo diciéndole que admiraba su obra y que me gustaría conocerlo, a lo que inmediatamente contestó con una tarjeta postal accediendo a mi pedido y diciendo que me esperaba en su casa. Mi segundo contacto fue por teléfono y coordinamos que el día 14 de diciembre, a la tarde, nos veríamos en Modena.

En toda Italia, los días previos a esa fecha hubo una huelga de camioneros que dejó a todas las ciudades sin combustible, por lo que tuve que desistir de viajar en auto y hacerlo en tren. El problema era que Fontana no vive en la ciudad, sino en las afueras. Tuve que volver a llamarlo para que me explicara cómo llegar a su casa. Fue una gran sorpresa cuando escuché: “No te hagas problema Vicente, yo te voy a buscar”.

Una visita a Franco Fontana

Modena

Es una ciudad sorprendente. Era un día con muchísimo frío pero soleado, toda la ciudad pintada de color ocre, ¡Que momento, Franco Fontana me venía a buscar para ir a su casa!

A la hora estipulada lo ví ingresar (él tiene unos 74 años de edad), alto, elegantemente vestido de oscuro, con tapado y con un sombrero negro de ala (de su oreja derecha bajaba un cable que lo conectaba a un celular oculto). Me dio un abrazo y una calurosa bienvenida.

Lo primero que nos dijo fue que disponía de 2 horas para atendernos (me acompañó mi hermano) dado que a las 18 hs tenía un compromiso.

Hablamos del frío del día, del viaje en tren, e inmediatamente nos invitó a subir a su auto para ir a su casa. Vive al borde de la ciudad y desde el balcón de su casa se puede observar la inmensidad de la llanura Padana, base de la mayoría de sus mejores fotos de paisaje natural.

Nos llevó a un gran salón con una enorme biblioteca. Nos presentó su joven y simpática esposa, que como buena Italiana lo primero que hizo fue ofrecernos un café. Nos sentamos en la cabecera de una gran mesa azul, enorme, ideal para desparramar y ver fotografias.

Colores y sombras

Para entrar en el tema fotográfico, comencé planteando mi admiración hacia su obra, el manejo de los colores y las sombras. Me respondía con gestos de mucha humildad. Le llevé de regalo un libro sobre fotografía argentina, dos fotos mías de autor, la revista Fotomundo de 2006 donde salió publicada su obra con motivo de su exposición en Buenos Aires (también la miró detalladamente) y me habló de su contacto con Sara Facio, que le había pedido que viaje a Argentina, pero como era en agosto, él no quería viajar al invierno.

Cuando comenzábamos a entrar tema, alguien tocó el timbre: era un matrimonio que venía a comprar una foto. Mientras él atendía pude mirar su biblioteca, donde hay miles de libros de fotografía, muchos de ellos de su obra.

Luego de 10 o 12 minutos, regresó disculpándose porque no sabía que iban a venir en ese momento. Esta situación dio para charlar sobre la venta de fotografía y comentó: “pensar que antes un fotógrafo reconocido vivía sólo de publicidad; ahora se ha abierto un gran campo, la gente compra fotografías, para regalar o para sí mismo y por suerte también se puede vivir de esto”.

Nos cuenta que le vendió una foto sobre cuarenta (1/40) es decir que tenía copiados 40 originales de esa toma, y como sabemos, menos originales hay de una foto, más valor tiene. Me hubiese gustado saber a cuanto la vendió, pero hizo un comentario encantador: “yo vendo la foto para comprar un pollo, no me interesa comprar 20, ¡para qué!, si sólo como uno…

Zapatos cómodos

Le comenté que también admiraba a Cartier Bresson. Me dijo que era una persona muy reservada y de pocas palabras, pero que le dió un sabio consejo:un buen fotógrafo tiene que tener un buen par de zapatos cómodos, para caminar mucho.

Yo había llevado unas 40 fotos 20 x 30, en una carpeta. Con un gesto con la mano me pidió verlas. Las miró detenidamente una por una. Luego llamó a su señora, que vino con varias cosas para obsequiarme: unos 20 hermosos catálogos para repartir entre

los profesores de mi Escuela, sobre una retrospectiva que justamente un Banco de Modena le estaba haciendo en su ciudad natal, además de una reciente publicación de fotos sobre el tema “Asfaltos”; dos calendarios 2008 ilustrados con sus fotos y, por último, un libro titulado «Inediti appunti di viaggio» (Apuntes inéditos de viaje) con 230 fotos que nunca había visto.

Me leyó un párrafo del prefacio escrito por él, que dice: Como el pianista debe practicar muchas horas por día para mantenerse ejercitados, ágiles y sueltos sus dedos, como para el pintor existe la regla “NULLO DIE SINE LINEA” (Ningún día sin una línea), el fotógrafo tiene el deber de mantener siempre atenta su mirada. Estas fotografías son trazos de algunos apuntes visuales que he recogido de mis “ejercicios cotidianos”….

En la primera hoja del libro me puso una dedicatoria: “A Vicente: continúa recorriendo con creatividad tu camino y no apagues nunca la LUZ”, OK. Franco Fontana.

El reloj corría y debímos terminar la charla. Nos despedimos de su esposa y antes de subir a su auto nos pidió esperar un momento porque se había olvidado algo. Dos minutos después regresó con otro regalo, una botella, que a su entender era el mejor vino Lambrusco de Modena. Este último gesto me deslumbró, me mostró la humildad y la grandeza de un “grande”.

Cuando subimos a su Fiat Multipla, me di cuenta que no sólo era un auto, sino que era una librería ambulante; en el asiento posterior, mi hermano casi no tenía lugar para sentarse. En el baúl había otro tanto, metió la mano y sacó unas 100 tarjetas postales para que obsequie a mis alumnos.

Nos llevó hasta el Hotel y nos despedimos con un cordial abrazo y con el compromiso de seguir en contacto.

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