
Para mucha gente de menos de 30 años, es posible que el cine español empiece con un tal Pedro Almodóvar. Pero antes del popular y exitoso realizador manchego hubo al menos dos cineastas nacidos en España que marcaron de forma definitiva y muy personal la historia del Séptimo Arte. El primero fue el legendario Luis Buñuel, y el otro un hombre nacido en Huesca hace 75 años.

Carlos Saura Atares inició su carrera en 1958 con la película “Los Golfos”, lo que le iba a abrir de par en par las puertas al Olimpo de los realizadores europeos. A partir de ese primer trabajo, se sucederían obras maestras como “La Caza” (1965), “Peppermint Frappé” (1967), “Ana y los Lobos” (1972), “Críacuervos” (1975) o “Mamá Cumple 100 Años”, nominada al Oscar para la mejor película extranjera en 1979.
Tras esta primera etapa, centrada en los dramas de la postguerra civil española, inició una serie de películas musicales entre las que cabe destacar la antológica “Bodas de Sangre” (1981) o “Carmen” (1983) realizadas en colaboración con el mítico coreógrafo desaparecido Antonio Gades. Su exploración del universo musical culmina de momento con “Fados”, presentada en septiembre en el Festival de San Sebastián, tras un paso exitoso por el Festival de Toronto. Entre sus colaboradores destacados cabe recordar a la inolvidable Geraldine Chaplin, protagonista de varias de sus películas y pareja en la vida real, o el “mago de la luz”, el director de fotografía italiano Vittorio Storaro.
En noviembre de 1992 le fue concedida la Medalla de Oro de la Academia de las Ciencias y las Artes Cinematográficas de España. Asimismo, se le han otorgado importantes condecoraciones en Francia (en agosto de 1993 se le impone la Orden de Caballero de las Artes y Letras) e Italia (Gran Oficial de la Orden del Mérito de la República Italiana), así como los galardones más importantes que concede el Estado Español. En marzo de 1994 fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Zaragoza.
Carlos Saura recibió a “Fotomundo” en el espectacular marco del Palacio de la Naciones Unidas, en Ginebra. El histórico cineasta y fotógrafo llegó a Suiza desde Canadá para presentar una selección antológica de 350 fotografías llamada “La Memoria: del enfrentamiento a la concordia 1932-2007”. Esta exposición viajará a Buenos Aires en fecha y lugar a determinar a comienzos de 2008.
No todos los días los periodistas tienen la suerte de entrevistar a un personaje como Saura. El hombre es de una cercanía y calidez ciertamente inhabituales. Dotado de una simpatía extraordinaria y una vitalidad increíbles en un hombre de 75 años, Saura habló de cine, música y, por supuesto, fotografía.
Mi primera cámara la tuve a los ocho o nueve años. Yo empecé a hacer fotografía por amor. Porque estaba enloquecido por una niña (risas). Entonces un día le pedí la cámara a mi padre, que era una de fuelle no demasiado buena. Y fotografié a la niña en cuestión a escondidas y le escribí una carta con un corazón, diciendo “te quiero”. Le mandé ambas cosas y nunca más supe de la niña! (risas). Luego, de mayor, he tenido otros grandes amores, pero los de esa edad eran los que no me dejaban dormir. Luego he comprado cámaras más buenas, hasta que a los 18 decidí ser fotógrafo profesional.

Al mismo tiempo que preparaba mi primera película, “Los Golfos” en el 58, me ví obligado a tomar una decisión difícil. Entonces, la revista “Paris Match” me echó un cable para ver si yo quería ser corresponsal para ellos, lo que para mí era un sueño. Si esa oferta me hubiera llegado un poco antes de comenzar “Los Golfos”, seguramente me hubiera dedicado a la fotografía de forma permanente. Aunque no me arrepiento (risas).
Coincido mucho con ese punto de vista. Desde la aparición de la foto digital todo se democratiza y cambia radicalmente nuestro concepto de la fotografía como arte y oficio. Cualquiera puede hacer ahora una buena fotografía, pues aprender los conceptos básicos es algo que está al alcance de todos los que tengan interés. Pero claro, siempre queda la pregunta: y el arte fotográfico? Si existe aún ese arte, se puede ver sólo a través de la continuidad en la obra y la coherencia en un terreno determinado. La valoración que haciamos antes de la belleza de una fotografía estaba basada en conceptos como el contraluz, la calidad de la zona de grises, etc. Todo eso se ha ido al cuerno. Ahora todos pueden tener buenas fotos en el álbum familiar.
Creo que en los álbumes de familia está a menudo el gran arte fotográfico. En algunos, no en todos. Yo he visto los álbumes de la familia Chaplin, en particular el de su esposa Oona, que era una mujer muy misteriosa, y tenía unas fotos fantásticas, con comentarios personales, anotaciones que me impresionaban mucho. Es la historia de una familia, una pareja o los sitios donde has estado. Pero volviendo a la foto profesional, siempre seguirá existiendo el que tiene el mejor ojo o, en el caso de la foto de reportaje, el más valeroso. El que toma una escena de guerra arriesgando y no con teleobjetivo. Es el caso de Robert Capa o los grandes corresponsales de guerra, que han expuesto su vida para lograr la gran foto. Luego hay otro tipo de fotógrafo que todavía existe y por el que tengo una gran admiración. Es el fotógrafo de paisajes o naturaleza que trabaja con cámaras de gran formato y que se va al monte un día al amanecer para hacer la foto que sueña. Espera lo que desea, y si no ocurre vuelve al día siguiente, y al otro, hasta conseguir lo que quiere. Es algo maravilloso. Ese es un verdadero fotógrafo.
Esa frase la reconozco y está en “Elisa, vida mía”, creo. Si se reflexiona sobre el tema, es algo bastante tremendo, ¿no? La fotografía tiene eso de maravilloso: que es como un espejo, pero lo que refleja es ya el pasado. El que está en la foto ya no eres tú. Eras tú. Por eso creo que cuando los árabes no quieren que les hagamos fotos porque les “robamos el alma”, tienen algo de verdad. Sin duda, una buena foto “roba” algo de tí mismo.

Esta muestra en Ginebra tiene tres partes bien diferenciadas. Muchas son fotos privadas que yo no quise mostrar, hasta que mi amigo Hans Meike, del Círculo de Arte de Barcelona, me convenció de hacerlo. La primera serie son fotos de los años 50 hechas en el marco de un documental que nunca llegó a hacerse correctamente, que se llamaba “Carta de Sanabria”. Entonces yo era fotógrafo, ayudante de dirección y sonidista! (risas) En esa época, mi idea era hacer un libro de fotos sobre España. Yo quería coger un coche y recorrer el país buscando imágenes. Pero fue entonces cuando me dí cuenta que el cine era más adecuado para hacer ese tipo de trabajo. Pensé en hacer documentales y, al final, llegué a la ficción. Mi evolución como cineasta me llevó del documental a la ficción a fuerza de querer contar historias. Pero en el origen de todo estuvo la fotografía. Fue un proceso bastante lógico: fotógrafía, documentales y ficción. Algo similar al camino de Stanley Kubrick, que fue igualmente fotógrafo! (risas) Pero yo sigo haciendo fotos todos los días. Volviendo a la muestra, hay otras fotos familiares y personales. Retratos de Luis Buñuel, Geraldine Chaplin o de mi hermano Antonio. Y por último, están las fotos de rodaje de las películas “Sevillanas” y “Flamenco”. Tengo fotos de prácticamente todos mis rodajes!.
Mis “fotosaurios” son fotografías que yo imprimo y a las que luego pinto para transformalas en otra cosa. La historia de estos “fotosaurios” es curiosa. Yo viajo mucho en tren y me gusta fotografiar a la gente. Hacer fotos “robadas”, pero esas imagenes no pueden mostrarse porque sería como violar la intimidad de las personas. Por tanto, me dije que dibujando sobre las caras de la gente, yo podía llegar a darles una utilización. Algunas son muy interesante y comienzan a exponerse en varios países. De hecho, yo veo mis fotografías como una cosa alejada de mí. Es curioso, no? De momento que se exponen, ya no son mías.
Soy muy rápido. Hago las fotos como me salen y las siento y no me creo un “artista fotógrafo”. Evidentemente, compongo bien porque llevo toda la vida trabajando la imagen, por eso no tiene gran mérito. Yo llevo años ejercitando el ojo como otros hacen deporte (risas). Para mí hacer fotos es una cosa muy sencilla.
Eramos muy buenos amigos. Todo comenzó un día cuando me llamó Kubrick para comentarme que había visto en Londres “Peppermint Frappé” y que le había gustado mucho. Pensaba que yo era la única persona capaz de doblar sus películas al castellano, lo cual me pareció graciosamente arrogante y encantador de su parte (risas). Desde entonces, hemos mantenido una buena amistad e incluso su viuda me pidió que me ocupara de su última obra, “Eyes Wide Shut”. Fue mi homenaje personal a su trabajo.

Yo siempre he trabajado a partir de la improvisación. En los 50 me interesaba la experimentación y filmaba con cámara en la mano, cosa que luego todo el mundo ha hecho. Permitía bajar costos y ahorrar mucho. Evidentemente, tengo un guión. Pero si puedo inventar algo en la escena de cada día me siento más satisfecho. Creo que no hay nada peor que ser “ilustrador” de uno mismo. Cuando trabajas mucho el guión y tienes claro cada plano en el papel, terminas haciendo eso! (risas) Pienso que hay que aprovechar la pasión del momento. Incluso a veces has escrito un papel pensando en un actor y luego tienes otro. Hay que saber jugar con esos imprevistos, pues a veces el nuevo actor te da más juego y te permite la posibilidad de variar.
Yo tengo una idea muy particular. Las películas se siguen haciendo. Los montajes son más o menos rápidos, pero desde luego el cine está cambiando mucho con las nuevas tecnologías. Aunque el cine sigue siendo cine y cuenta una historia, pero lo que ha cambiado es la técnica. Ya no se puede pensar el cine como haciamos antes. Por ejemplo, “Fados” ha sido ya íntegramente realizada con cámara digital. Incluso nuestra relación personal con el cine se ha modificado. Por ejemplo, yo tengo en mi casa una pantalla de cine estupenda que me permite ver cada una película en las condiciones que a mí me gustan. Eso es: sin gente que me distraiga haciendo ruido y comiendo palomitas. Es un placer enorme y muy egoista ver una buena “peli” en casa y solo. Pero me encanta (risas). Hay un tipo de cine, que yo califico de “secreto” que agradece este tipo de entorno.
Yo he amado mucho siempre a Bergman, a quien ahora se reivindica. Pero recuerdo una época no tan lejana en la que todos los críticos españoles se dedicaron a criticarlo y decir que era un pesado. No sé porqué. Yo amaba ese cine “de cámara”, con pocos personajes y en recintos pequeños. Me gustaría poder volver a ese cine, pero ahora es casi imposible.
Por la simple razón de que hoy ningún productor quiere hacer un cine así. Yo ahora no podría volver a hacer las películas que pude hacer en los años 60 y 70. Ese tipo de cine no se hace ahora.
No lo sé. Yo sigo mi camino. Hago mis musicales y cada tanto hago una película dramática como fue “El Séptimo Día”. Y cada uno sigue su ruta. Algunos jovenes hacen cosas estupendas, y otros hacen cosas malas. Como toda la vida, vamos. Pero en el cine actual hay mucha “burbuja”, aunque a veces esa burbuja puede dar resultados interesantes. En todo caso, el camino del cine se encuentra en una encrucijada porque cualquiera puede coger una cámara de alta definición y hacer una maravillosa película.
No (risas). Mire, cuando yo era profesor en la escuela de cine, durante el franquismo, tenía alumnos que afirmaban: “mientra viva Franco, no haré nunca una película”. Luego murió Franco y ninguno de ellos hizo nunca una película. El que no hace cine hoy es porque no tiene la voluntad. Si te lo propones, tienes talento, un par de amigos actores y una buena historia, porqué no?
Estoy metido de lleno en la ópera. Ahora preparo una versión de “Carmen” con la Oper de Valencia para inaugurar la temporada operística. Tras San Sebastián me voy corriendo para terminar ese proyecto.